investigación, se puede convertir en un freno. Por el contrario, ser un periodista conocido también te puede abrir puertas, puesto que resultaría más sencillo recibir filtraciones de gente, por lo general, molesta con algunas circunstancias. Si no eres conocido y no saben que existes, es muy difícil que te llegue información.

Así lo entiendo Francisco Pérez Caballero: “el ser un periodista medianamente conocido te impide muchas veces llegar al fondo de muchas cuestiones, aunque a veces te abre puertas. Lo más probable es que te intenten ocultar información, sobre todo en temas importantes. Solemos recurrir a compañeros para que intenten conseguir ciertos datos. El hecho de no decir que eres periodista, entrar en un bar y hablar con la gente como un turista o una persona que se está interesando en la historia del pueblo o de algún alcalde que estuvo,… siempre da mucho más juego y hace que los interesados se corten menos”.

La visión de Melchor Miralles es bastante parecida: “si no el anonimato, que algunas veces también, si la discreción. El ser conocido de la opinión pública a veces te impide acceder a determinados sitios, pero otras veces te abre puertas. A veces si he recurrido al camuflaje”. La motivación puede ser el miedo, del que dice haber sentido mucho “incluso te diría que en ocasiones muchísimo, pero el miedo es un sentimiento que un ser humano debe controlar”.

No sin intención he utilizado el doble título en esta sección. Ya hemos visto la parte de identificación en la que destaca el anonimato. Ahora vamos con la ocultación, y nos centraremos en las grabaciones y cámaras ocultas.

Francisco Pérez Caballero dice haber utilizado la “grabadora muchas veces, porque hay determinados testimonios de los que no estás muy seguro o que vas a utilizar entrecomillando. Muchas veces das tu cara y tu prestigio y hay persona que se desdicen y pueden acusarte de que eso es falso. La grabación te puede salvar la vida. Yo lo veo más que como un seguro de vida que como una traición. Yo nunca he grabado algo de manera “oculta” y tener que utilizarlo. Yo sólo lo utilizaría si los fines lo justifican”.

Melchor Miralles reconoce haberse valido de la cámara oculta y dice que es “es una herramienta de trabajo absolutamente legitima que hay que emplear sabiendo los límites que tiene su utilización. Respecto a escuchas, jamás he interceptado la comunicación de terceras personas ni lo haría porque no es legal, pero es absolutamente legal grabar una conversación en la que uno de los interlocutores es uno mismo”. Respecto de su uso, opina, que “cuando se hace para investigar un hecho de interés público me parece bien, cuando se hace para violar la intimidad de alguien me parece delictivo e inmoral”.

Dentro de esta segunda parte del título no podemos pasar por alto la última restricción del Tribunal Supremo (16/01/2009) limitando el uso de la cámara oculta, que dice así:

No se ha puesto en duda que el reportaje fue plenamente veraz – y no consta manipulación significativa alguna previa a su emisión televisiva –. Tampoco puede discutirse el interés general en informar de los riesgos que se corren cuando alguien desempeña sin titulación una actividad para la que la sociedad ha considerado necesario un título que le habilite.

Pero, como quedó expuesto, con eso no basta, ya que no se trata de determinar si la libertad de información debía ser protegida, sino si esa protección ha de alcanzar el grado preciso para sacrificar el concurrente derecho de la demandante a su intimidad. Y esto último no acontece.

Del reportaje no resulta – con la claridad precisa para posibilitar enjuiciamientos nítidos – que doña R.M.F.T. ejerciera sin título la condición de fisioterapeuta.

Además, el material obtenido con la investigación careció de la relevancia necesaria para justificar el sacrificio de un derecho fundamental, imprescindible en la vida de relación, como era la intimidad de la demandante.

Por último, el método utilizado para consumar la primera fase de la intromisión – la llamada cámara oculta – no era imprescindible para descubrir la verdad de lo que acontecía en la consulta de la actora. Hubiera bastado con que la reportera entrevistara a los clientes de la misma – como se hizo con una – para conocer con total fidelidad lo que supo de propia mano mediante la grabación directa.

En tales condiciones el sacrificio del derecho de doña R.M.F.T. no puede ser calificado como legítimo.

Por lo expuesto procede estimar, con el recurso de casación, en parte la demanda de doña R.M.F.T., en defensa de sus derechos a la intimidad y la propia imagen, ante las intromisiones ilegítimas cometidas por doña L.G.H., que se sirvió de la cámara oculta para, respectivamente, invadir y registrar las referidas intimidad e imagen.

El Tribunal Supremo fue contundente en su sentencia. La cámara oculta sólo se debe usar cuando la información, de relevancia para la sociedad, no pueda conseguirse de otra forma.

Francisco Pérez Caballero nos dice “que la cámara oculta es una herramienta peligrosa, sobre todo por el mal uso que se puede hacer de ella, porque si graba una cosa que iba a suceder de todas maneras puede ser muy útil. El problema es que se puede manipular y dirigir. Se puede utilizar para revelar datos de la intimidad de alguien. Lo ideal sería que nosotros mismos restringiéramos ese uso, que no utilicemos una cámara oculta para ver desnuda a una famosa en su casa. Pero como la bondad infinita no existe, se hace mal uso de muchas cosas y los jueces muchas veces piensan que es más importante el derecho a la intimidad. De hecho, se está tendiendo a eso, a considerar que es más importante el derecho a la intimidad y a la privacidad que el derecho a la información. Cosa que puede ser un error, pero que nosotros mismos hemos provocado dando información que no tenía ningún valor, revelando datos íntimos que no teníamos que haber hecho o provocando situaciones para que se incurriese en un delito”.

La postura de Melchor Miralles es similar: “me parece lamentable y estoy seguro de que el Tribunal Constitucional va a modificar esa jurisprudencia. Estamos viviendo momentos delicados para la libertad de expresión.  Ahí están también las condenas a Antonio Rubio de El Mundo o Daniel Anido y Rodolfo Irago, de la SER, por revelación de secretos.  Hay jueces que entienden de modo peculiar el derecho a la libertad de expresión y el derecho de los ciudadanos a recibir información”.

Los excesos de unos han valido una limitación para el resto, podríamos concluir.

Llegados al punto de los tribunales, pasemos ahora a la relación de los periodistas con los jueces en las investigaciones periodísticas.