Le preguntaba Pinocho a Gepeto: “¿Y cómo puede usted saber que he dicho una mentira?

A lo que Gepeto le contesta: “Mi querido niño, las mentiras se descubren enseguida, porque son de dos clases: hay mentiras con patas cortas y mentiras con narices largas. La tuya es una de esas mentiras de nariz larga”

(Pinicho, 1982)

¡Qué recuerdos producen estas frases! No sólo por el hecho de que todos mentimos e intentamos ocultarlo, a veces a nosotros mismos. ¿No os resulta curioso que nos podamos autoengañar? A mí me fascina. Lo más destacado, es que cuando recordamos, cogemos todo el archivo y lo reescribimos. Cuando recordamos vamos llenando todos los huequecitos con todas las cosas que se nos ocurren para crear una historia más a nuestro gusto. Así, yo siempre recordaré un gesto que alguien me hizo, pero con el tiempo recordaré muchos gestos con eso de “creo que…”. La próxima vez que abra ese archivo tendrá un anexo y ese “creo que…” probablemente se haya convertido en algo que recordamos como real. Seguramente (corregidme si me equivoco) seamos el único ser vivo que se autoengaña. Como mínimo, curioso.