Hemos creado un orden social basado en la habilidad para dirigir la vida de los demás en lugar de la nuestra; no saber vivir bajo el manto de la libertad, pero estar preparados para convertirnos en políticos omnipotentes; no saber usar la inteligencia en casi ningún ámbito, pero capacidad para votar a un partido político del que no sabemos más que sus iniciales y que va a influir en los próximos cuatro años de nuestra vida; incapacidad de elegir por nuestra propia cuenta, pero capacidad para criticar todo lo que se nos aconseja. Consideramos humanos a los fracasados, a los incompetentes, a los mentirosos, a los reos,…, pero no a los triunfadores, a los pensadores, a los líderes,… Hemos identificado el fracaso con la humanidad y el triunfo con la corrupción.

 

Groucho Marx en Sopa de Ganso (1933) decía: “No permito injusticias ni juego sucio, pero si pillo a alguien practicándola sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared… ¡Y daremos la orden de disparar!”.

Tendemos a decir que el dinero es un problema, y es que hacemos todo por conseguirlo. Hasta tal punto que hace que el hecho de buscarlo sea la causa que nos corroe. Una de las maneras más eficaces de hundir a una persona es relegándola a un mal puesto, en el que no pueda ofrecer lo mejor de sí misma. Eso la destruirá más rápido que cualquier vicio.

Muchas veces pensamos que el dinero es el origen de todos los males. Pero el dinero es sólo un mecanismo de cambio de bienes o servicios que no existirían sin personas que los produjesen. Lo aceptamos como pago de nuestro trabajo, ya que luego podremos cambiarlo por algo producido con el esfuerzo de otro. El dinero es un pacto de honor.

El dinero está pensado para las personas honradas y una persona honrada comprende que no puede consumir más de lo que produce. El dinero es un mecanismo de supervivencia, pero si lo has obtenido de manera deshonrosa, considerarás al dinero como algo malo, que te hará pensar mientras intentas disfrutar de él en todas las injusticias que cometiste para obtenerlo. Odiarás al dinero porque no satisface tus necesidades y no las satisface porque no te supuso un esfuerzo conseguirlo; el dinero no te dará felicidad, alegría talento,…, no te hará virtuoso.

Ayn Rand en La rebelión de Atlas, expuso: “Temes al hombre que tiene un dólar menos que tú, porque ese dólar es suyo por derecho y él te hace sentir como un estafador moral. Odias al hombre que tiene un dólar más que tú, porque ese dólar es tuyo por derecho y te hace sentir moralmente estafado. El hombre que está por debajo es la fuente de tu culpa; el hombre que está por arriba es la fuente de tu frustración”.

Lo que está por debajo nos hace sentir mal, como si fuéramos unos opresores. Pero la rabia nace en nosotros cuando hay alguien que tiene más dinero. Pero no nos engañemos, el que se merece el dinero se fijará en el que tiene un dólar más, y el que no se lo merece siempre dirá que hay alguien por debajo de él. El mal estudiante siempre dirá: “pero no he sido el peor”, el buen estudiante: “si hubiera tenido cuatro décimas más mi nota sería la mejor de la clase”. Esas son las dos formas de ver las cosas y esa es la diferencia entre el triunfador y el que no lo es, entre los que ven las cosas favorables o desfavorables, entre los que miran adelante y los que miran atrás, entre los que buscan conseguir más y los que se conforman con lo que tienen.

Mientras unos hacen todo por conseguir sus objetivos, nos quedamos parados criticándoles, cuando desearíamos estar en su lugar. Criticamos al que ha triunfado, pero si pudiéramos haríamos todo lo posible para pisotearle y quedarnos en su lugar. Maldecimos los logros de los demás porque no podemos reconocer nuestros errores. Ignoramos que podemos cambiar porque el cambio supone inestabilidad. Preferimos no tener nada porque así no podemos perder nada. Vivimos en un mundo demasiado bonito para ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Anatole France dijo: “La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia”. Así tiende a vivir el hombre que tiene un dólar más, aunque sólo tenga un dólar.

El dinero no se hace para perder, se hace para ganar. Hay que dejar a un lado la envidia. Víctor Hugo dijo que “el envidioso es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta”. La envidia es algo destructivo. No es que esté dispuesto a ganar lo que pierde el otro; lo que ocurre es que está dispuesto a perder siempre que el otro pierda más. Si actúa bajo la envidia, está destruyendo el mundo.

El dinero es el único medio por el que se obtiene una recompensa por el trabajo que a la vez se puede utilizar para adquirir cualquier cosa producida por el esfuerzo de otro. Es el principio de todo lo bueno, y de todo lo malo. Es el principio del bienestar; casi todo se obtiene con el dinero, es el pagaré más utilizado. Un simple trozo de papel nos permite disfrutar al máximo cada instante. Pero si sólo nos fijamos en las injusticias, deberíamos buscar qué es lo que las ocasiona. Entonces, vemos que su comienzo está en la razón humana. El dinero sólo es un medio, la forma de usarlo está en nuestra mente. Por lo tanto, la condición humana es lo que todos deberíamos temer; es el origen de todos los males.

¿Quién está destruyendo el mundo? ¿El dinero? No,… nosotros.

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