- ¿Qué le hace sentir la montaña?
Es muy importante en mi vida. La descubrí un poco tardíamente, entonces vivía en Zaragoza, fue el descubrimiento del Pirineo y no me ha abandonado nunca. Es una referencia constante, ha supuesto gran parte de mi trabajo científico, por lo tanto está muy metida en mi vida. No puedo prescindir de ella, es mi elemento. Significa una barbaridad de cosas. Cuando ya tienes edad, como me ocurre a mí, son un montón de vivencias, de experiencias, de recuerdos. Estoy plagado de recuerdos, de cosas que me han ocurrido en la montaña: amigos, con mi mujer… Es algo muy íntimo y personal. Al haber escrito e investigado, tengo una gran cantidad de cosas de tipo profesional, de razonamientos…Significa mucho. Es muy hondo lo que siento por la montaña.
- ¿Con qué podría comparar lo que siente por la montaña?
Con la vida. En general es una forma de vivir. Uno elige maneras de vivir y se adapta a cosas que ya existen. La montaña y el montañismo ya existían antes de que yo naciera pero también con otras cosas, uno va creando su propia vida en función de los actos que hace. El taxista lo hace en el taxi recorriendo la ciudad. Yo lo he hecho recorriendo montañas, pues entonces mi vida está constituida por eso. La referencia es muy fuerte e inmediata. La comparo con mi propia vida. Es mi propia vida la que transcurre en la montaña.
- ¿La soledad que se siente en la montaña se relaciona con su gusto por la montaña?
Si, en mi caso si. No sé si en todos. A mí me gusta mucho la montaña solitaria y, de hecho, voy mucho solo. Empecé quizá de una obligada. Yo al principio iba solo a la montaña porque iba a trabajar y no podía arrastrar a otras personas. Entonces me acostumbré a estar en relación directa con la naturaleza. Tú vas con otro y vas hablando, te distraes; vas con veinte y formas una especie de burbuja y no entras en la montaña. Estás solo y la soledad impone mucho. Yo recuerdo estando en Groenlandia que tenía que hacer trabajos, los hacía sólo, en aquellos paisajes perdidos con una soledad terrible. Luego tenían unos campamentos donde me reunía con ellos por la tarde. Pero esas estancias en soledad en aquellos lugares me impresionaron de una manera extraordinaria porque yo no era nada comparado con la soledad inmensa de aquellos. Puede tener algo terrible esa soledad, pero al mismo tiempo te llena, es muy satisfactoria espiritualmente, te hace comulgar mucho con la naturaleza, comunicas muy bien con la naturaleza, pero estás solo con la naturaleza. La soledad, por ejemplo, si hay fauna, no asustas a los animales porque vas solo, les sorprendes. También te permite la observación de la naturaleza casi como no estuvieras, pasas como una sombra procurando no molestar. Te enteras mucho más de las cosas que hay y vas a tu ritmo, te paras donde quieres, avanzas o corres donde tú quieres; acaba siendo un diálogo con el mundo natural muy intenso, más intenso que si vas con otros. Pero yo no soy un ser solitario, al revés, me gusta el contacto con la gente. Si voy a la montaña con otros también lo paso muy bien.
- Usted dice que en una montaña podemos aprender más que con un libro.
La montaña es una vivencia lo descubres todo en un nivel muy profundo, no es un descubrimiento superficial. En cambio, un libro, que puede enseñar muchísimo, lo tienen en una relación intelectual. La montaña te permite siempre el poder de lo vivido. Yo creo en ello, entonces lo vivo y se convierte en una sustancia de mucha mayor entidad. Te enseña a ser persona la montaña. Un libro te enseña lo que enseñe: matemáticas, geometría o gramática. La montaña te va educando en la medida que te hace gozar con la naturaleza, con lo que es humilde, con lo que no se compra con una tarjeta de crédito, con aquellas cosas que son magníficas: paisajes excelentes, paisajes soberbios. Todo eso te va llenando el interior y te enseña a sufrir la tormenta, a aguantar el frío, a ser fuerte en el cansancio, a vencer el miedo cuando llega, tener serenidad, a ser persona.


Julio 15, 2008 at 13:39
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Julio 15, 2008 at 13:43
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